Cartagena de Indias, en Colombia, es una ciudad mucho más poliédrica de lo que la gente piensa. Además de ser bella y colonial, es una de las patrias de Gabriel García Márquez. La moderna urbe de caminos pedregosos y solemnes balcones, guarda para el mundo la memoria de infinitas historias militares y sociales que terminaron por inspirar al Premio Nobel.
Aunque es su colocación marcial la más valiosa y la más conocida, sigue acogiendo, año tras año, vivencias también enmarcadas por las paradisiacas playas caribeñas y el desbordante arte. Por eso, a nadie sorprende que sea el destino turístico y de residencia preferido de muchos extranjeros.

Cerca férrea
La Ciudad Heroica fue fundada por los españoles por orden del rey Felipe III, en el siglo XVI, con el fin de desempañar la crucial y estratégica función de puerto comercial de la Corona en las Américas. Desde aquí entraban, además de los esclavos de África, las más preciadas mercancías. No es de extrañar, por tanto, que fuera continuamente asediada por piratas, corsarios y potencias enemigas; de ahí la necesidad de protegerse con murallas, 11 kilómetros de resguardo para ser exactos. Es, incluso, la fortaleza más inexpugnable de América del Sur y del Caribe.
Desde toda esa rigidez, se puede admirar la belleza de Bocagrande, una de las playas más populares en el sur de la zona. Esta se extiende desde la base naval y recorre la avenida San Martín: un contraste exquisito ante el gris miliciano.
En el 2007, su majestuosa estructura militar —que necesitó dos siglos para que fuera terminada— fue distinguida como la cuarta maravilla de Colombia. Pero antes, en 1984, fue declarada Patrimonio de la Humanidad por la ONU. De hecho, la propia Unesco se refirió a la amurallada y a sus fortificaciones como el conjunto histórico y colonial más grande y completo de todo Sudamérica.

La puerta del tiempo
Esta aventura histórica y cultural comienza en la Torre del Reloj, la puerta de entrada a la ciudad amurallada. Inicialmente, fue llamada la Boca del Puente ya que, durante la colonia, se tendió un puente levadizo que unía el Centro Histórico con el barrio de Getsemaní; este a su vez impedía el avance de los adversarios.
Lamentablemente, la puerta no tuvo una larga existencia, ya que fue destrozada durante el asedio francés de 1697. La reparación que vino después trajo tres bóvedas a prueba de bomba. La central era una portada dórica que, hasta la fecha, da entrada al núcleo de la villa; y las dos laterales fueron refugio para la tropa que se encontraba de guardia, además de ser almacenes de víveres y armamentos.
Data de hace 132 años y es considerada como uno de los cinco relojes más hermosos del mundo según la revista BB Travel. Esta construcción es una de las obras más célebres de la Escuela de Fortificación Hispanoamericana y, probablemente, una de las mejor atesoradas del Nuevo Mundo.

Bastión impenetrable
El castillo San Felipe de Barajas es una enorme fortificación militar construida en 1657, para defender a la zona de los continuos ataques que sufría por parte de Inglaterra y Francia. Prueba de la eficacia de esta fortaleza fue la Batalla de Cartagena, en la que el general español Blas de Lezo y 3600 hombres resistieron y derrotaron a las tropas inglesas formadas por 27 000 soldados y casi 200 buques durante el asedio de 1741. Está situado sobre el cerro San Lázaro fuera de las murallas de Indias, pero muy cerca a ellas.
Llegó a tener en total 63 cañones apuntando a la bahía para prevenir la invasión a través del agua de parte de embarcaciones enemigas. A su defensa, se sumó un sistema de túneles que fue una trampa mortal para aquellos que querían llegar hasta los niveles superiores. Era muy fácil perderse y desorientarse ahí, por eso, las emboscadas eran seguras. En la actualidad, los turistas visitan cada uno de los rincones de este imponente castillo: los túneles, las rampas y hasta los puestos de artilleros.

Asiento aduanero
La Plaza de la Aduana, señorial y elegante, es la plaza más antigua y grande del Centro histórico. Tanto así que Gabriel García Márquez la tomo como escenario en El amor en los tiempos del cólera, una de sus novelas más bellas. Con el paso del tiempo, su historia se ha narrado mediante sus varias denominaciones. El nombre que tiene ahora, por ejemplo, se remonta a cuando se organizó allí la Administración de la Aduana, en 1790. Aún persiste la Casa de la Aduana, una imponente edificación colonial, donde hoy en día echan a andar las oficinas de la Alcaldía Municipal. Pero antes, cuando todavía estaban las oficinas reales, la plaza fue llamada “Antigua Real Contaduría”.
En este cuadrangular espacio, también, estuvo ubicada la casa en donde vivió el fundador de Cartagena, don Pedro de Heredia. Sin embargo, la residencia más señorial del sitio, sin duda, es la del I Marqués del Premio Real, Domingo de Miranda. Aquella es una hermosa arquitectura dispuesta para el público en general en donde se puede apreciar las baldosas de terracota en el cielorraso y los balcones de madera. Actualmente, funciona como punto de información turística.

Huellas artísticas
Cartagena tiene una de las mejores colecciones de arte urbano de Colombia. Sus calles son una galería al aire libre donde se exponen obras de prestigiosos artistas como de Fernando Botero y completas colecciones de otros menos conocidos como del colombiano Edgardo Carmona, quien ha llenado la localidad con divertidas esculturas de hierro forjado que reproducen escenas de la vida cotidiana, oficios tradicionales y recuerdos de bohemias noches.
Pero lo que ha situado a esta ciudad en el mapa de la genialidad son los grafitis que decoran los muros de calles. El epicentro de toda esta destreza callejera está en el barrio de Getsemaní. Allí arranca, cada día, un tour guiado por los mejores escenarios del street art cartagenero. Es por ello, que en esta metrópoli se organiza uno de los más famosos festivales de arte urbano del mundo. Gracias a este, muchos artistas internacionales se han acercado a este lado del Caribe para dejar plasmadas sus creaciones.











































