
Existen muchas formas de definir al complejo racismo. Sin embargo, la manera en cómo se manifiesta hace que las personas lo entiendan más rápidamente como un tipo de discriminación apoyada básicamente en la superioridad de una raza sobre otras. Pero esta limitación de lo racial es muy corta para entender sus verdaderas dimensiones. Usualmente este fenómeno viene acompañado del desprecio no solo al color de piel y otros rasgos físicos, sino a la cultura, el origen, la clase o a la mezcla de todos estos componentes.
Aunque el diccionario de la Real Academia de la Lengua Española defina al racismo como “exacerbación del sentido racial de un grupo étnico que suele motivar la persecución de otros con los que convive”, estudiosas del tema como Rosa Dorival, bibliotecóloga y autora del libro “Afroperuanos, historia y cultura: un recuento bibliográfico” y varios artículos académicos sobre racismo, sostiene que es un sistema de poder histórico y estructural, ya que se ha reproducido y alimentado con el transcurrir del tiempo, haciéndose normal y cotidiano, transversal a varios aspectos de la vida.
EXPRESIONES HABITUALES
Esta “normalidad”, dice Dorival, muchas veces impide que identifiquemos los actos racistas porque están tan interiorizados que llegan a ser parte de nuestra idiosincrasia. Por ejemplo, cuando utilizamos frases como “trabajar como negro”, “es muy guapa o inteligente para ser provinciana”, “es una persona de color”, “color carne (para hacer referencia al color crema)”, “bota el mote”, “la oveja o la mano negra de la familia”, “dejan de pensar a las 12”, entre muchas más. Así, la discriminación también se expresa a través del vocabulario, una forma mucho más sigilosa que mediante gestos, insultos, publicidad o programas de televisión, donde aún se sigue apelando a estereotipos.
Maribel Arrelucea, magíster en historia social, docente de humanidades en la Pontificia Universidad Católica del Perú (PUCP) y autora de numerosas publicaciones en revistas y libros, señala que el racismo se niega y se practica con la misma energía. Es decir, hace poco se condenó lo ocurrido en Estados Unidos, pero con frecuencia se empaña de indiferencia cuando hechos como esos suceden en casa. “Se ríen con la Paisana Jacinta y aplauden al Negro Mama, el cual es un blackface que ejerce oficios menores o no trabaja (depende de cada sketch); a veces es ingenuo y otras veces ignorante, a veces es ladrón. Este personaje condensa todos los estereotipos negativos que la gente asigna a los afroperuanos”, afirma Arrelucea. La comicidad que hace reír sin recurrir a estereotipos contra los sectores populares, mujeres, afros y gais es más valiosa e ingeniosa.

SERVICIOS PÚBLICOS
La discriminación contra afros, amazónicos, andinos y, en general, contra cualquier grupo étnico es un problema social transversal a cualquier territorio, lo diferente es la forma cómo se ejerce. Arrelucea narra que en Estados Unidos, por ejemplo, se abolió la esclavitud después de la guerra de Secesión; sin embargo, las leyes Jim Crow permitieron legalizar el racismo, la segregación y la violencia extrema de la policía. Como el caso del Ku Klux Klan, una institución que impulsó el asesinato de afroamericanos con total impunidad hasta buena parte del siglo XX.
“El racismo evoluciona, el racismo no desaparece. Entonces, la segregación no existe como existía ayer; sin embargo, cuando te mueves por las ciudades notas que la pobreza está concentrada en zonas determinadas porque los Estados no dan los mismos servicios a estas poblaciones. Esa es una manera, por ejemplo, de crear separación. Y eso se ve, ahora con el COVID, porque las personas blancas tienen un mayor acceso a la salud y, por lo tanto, mayores oportunidades de sobrevivir a la pandemia”, manifiesta desde Maine, Estados Unidos, Marco Avilés, periodista, escritor y autor de De dónde venimos los cholos. Y en efecto, un documento de la CEPAL titulado “La Discriminación Étnica y Racial en América Latina y el Caribe” afirma que las poblaciones discriminadas presentan niveles muy inferiores de acceso a la salud, la educación, el empleo, los ingresos, la justicia y la deliberación política. En muchos casos, han perdido sus principales medios de subsistencia, como la tierra y los recursos naturales, y hace décadas que emigran a los centros urbanos, donde acceden a trabajos precarios, mal remunerados y de baja calidad.

TRASNVERSAL A LAS SOCIEDADES
En Chile, el pueblo originario mapuche, el más grande de ese país, sigue siendo causa de estigmatización y marginalización; con él están otras poblaciones como la aimara, rapanui, quechua, atacameño y coya, entre otras. De la misma manera, la subordinación de las comunidades indígenas ha devenido en violencia; en Colombia, están en riesgo severo de desaparición física y cultural los nukak-makú, los wachina o pizamira. En Bolivia, el 60 % de su población es indígena; en Ecuador es el 35 % y en todo América las principales son la maya, la quechua, la mapuche, la aimara y la guaraní. Por su parte, la población afrodescendiente en la región es cerca del 30 %, donde Brasil concentra el 50 % de esta; Colombia, el 20 % y Venezuela, el 10 %.
De igual forma, los sentimientos de rechazo —hacia el otro que no es blanco— también se trasladan a los migrantes; por ejemplo, en la percepción que los chilenos tienen de los peruanos, los argentinos de los bolivianos, los venezolanos de los colombianos, los dominicanos de los haitianos, los mexicanos de los guatemaltecos y, en general, los norteamericanos respecto de los centroamericanos, caribeños y colombianos.
UN VISTAZO AL PASADO
Esta forma de discriminación contra los indígenas y afrodescendientes se presenta en sociedades con pasado esclavista e imperialista. En América se inicia con la llegada de los conquistadores europeos, pero incluso antes de eso, ya existía la práctica esclavista. “Estuvo presente en las sociedades antiguas del Asia como Egipto, en las europeas como las ciudades estados de Grecia y Roma. Resurgió en el siglo XVI en el contexto de la colonización de América y obtuvo un pico altísimo en el XIX con el imperialismo y la economía de plantación”, aclara Arrelucea.
Es también en ese contexto donde se desarrollaron teorías para estudiar y clasificar a los grupos humanos; la ciencia de la época impulsó estudios y afinaron conceptos como “tipos” y “razas” para clasificar a estas poblaciones.
Se les otorgó determinados valores, virtudes y defectos y se propagó la idea de que el color de piel y las características físicas determinaban el intelecto. De esa manera, la “raza” blanca se consideró superior, inteligente, y capacidad de gobernar; en contraste con otros individuos de piel más oscura, quienes fueron vistos como limitados, casi animales.

ACCIONES CONCRETAS
Cada vez más la gente usa las redes sociales para presionar sobre las empresas, instituciones culturales, agencias de publicidad, los ministerios, las municipalidades, entre otras, y erradicar la discriminación racial y étnica. Y esto tiene que ver con la mayor conciencia y sensibilidad del problema.
Como dice Dorival, el racismo no es un tema individual ya que es un sistema que abarca a toda la sociedad y todos somos responsables. Por eso, es parte de nuestro trabajo desterrar ese “conjunto de ideas que asignan ciertas características —por lo general arbitrarias e injustificadas (prejuicios)— y que definen a un grupo”.
Por otro lado, Mariela Noles, activista antirracista, investigadora sobre Estudios Latinoamericanos y docente de la Universidad del Pacífico, considera que se debe pasar del discurso oficial de interculturalidad a la acción; es decir, a la implementación de medidas que reconozcan y pongan en valor a las diferentes expresiones culturales y que celebren la diversidad. “Si seguimos midiendo el crecimiento del país en términos meramente económicos, pero no en el nivel de satisfacción de los ciudadanos, seguiremos teniendo poblaciones vulnerabilizadas que nosotros mismos empujamos hacia la precariedad y los márgenes”, aseveró.











































