Este 8 de marzo, Perú conmemora el Día Internacional de la Mujer en medio de un escenario político singular. El país se encamina hacia unas elecciones generales que vuelven a evidenciar una característica recurrente de la política nacional: la escasa presencia de mujeres en la carrera presidencial.
El proceso electoral del 12 de abril registra 37 candidaturas presidenciales, el número más alto en la historia del país. Sin embargo, solo cuatro están encabezadas por mujeres: Keiko Fujimori, Fiorella Molinelli, Marisol Pérez Tello y Rosario Fernández, lo que representa poco más del 10% de las postulaciones.
El dato suele aparecer cada ciclo electoral acompañado de una discusión inevitable: si esa brecha refleja obstáculos para la participación femenina o si responde también a decisiones individuales, trayectorias profesionales y dinámicas propias de los partidos políticos.
En una democracia, el acceso al poder no depende de cuotas demográficas sino de la capacidad de competir, construir liderazgo y ganar respaldo electoral. Pero ese principio convive con otra pregunta: si las condiciones para competir son efectivamente iguales.
Entre vocaciones, oportunidades y cultura política
La participación de mujeres en la política peruana ha crecido en las últimas décadas, especialmente en el Congreso y en gobiernos locales, impulsada en parte por mecanismos de paridad y alternancia.
Sin embargo, la carrera presidencial sigue siendo un espacio particularmente restringido.
Especialistas en política y género suelen señalar que factores como el acoso político, la exposición pública extrema o las exigencias de la vida partidaria pueden desalentar la participación femenina en la primera línea del poder.
Otros analistas, en cambio, advierten que la menor presencia de mujeres en la contienda presidencial también puede reflejar decisiones profesionales o vitales distintas, algo que ocurre en múltiples países y profesiones donde las trayectorias no necesariamente se distribuyen de forma idéntica entre hombres y mujeres.
La discusión, por tanto, no se reduce únicamente al número final de candidaturas, sino a si las mujeres que desean participar encuentran o no condiciones equitativas para hacerlo.
El nuevo presidente y sus polémicas declaraciones
El reciente cambio de mando en el país también introdujo un elemento simbólico en este debate.
El 18 de febrero de 2026, el congresista José María Balcázar, de Perú Libre, asumió la presidencia tras la salida de José Jerí. Su llegada al cargo se definió mediante una votación en el Congreso: 60 votos a favor frente a 46 que respaldaban a María del Carmen Alva, la única candidata mujer en esa disputa.
Más allá del resultado, la figura de Balcázar también generó controversia por sus declaraciones previas en temas vinculados a los derechos de las mujeres.
En 2023, durante el debate en el Congreso sobre la prohibición del matrimonio infantil, Balcázar afirmó que las relaciones sexuales a edad temprana podían beneficiar el desarrollo psicológico de la mujer siempre que no mediara violencia. El Ministerio de la Mujer señaló que la evidencia científica contradice esa afirmación, y la congresista Flor Pablo solicitó su remoción como presidente de la Comisión de Educación.
Las declaraciones reavivaron un debate más amplio sobre la calidad del discurso público y los estándares que se exigen a quienes ocupan posiciones de poder. En un país donde la política atraviesa una crisis de representación y confianza, episodios como este también alimentan una pregunta más amplia: qué tipo de liderazgo promueven los partidos y qué criterios pesan finalmente cuando se decide quién llega a gobernar.
Lo que el 8M plantea a la democracia peruana
Perú llega a este Día Internacional de la Mujer en medio de una profunda fragmentación política, con decenas de partidos en competencia y una ciudadanía que muestra altos niveles de desconfianza hacia sus instituciones.
En ese escenario, la participación femenina en la política continúa siendo objeto de debate.
La cuestión no es necesariamente cuántas mujeres compiten por la presidencia, sino si aquellas que aspiran a hacerlo cuentan con las mismas oportunidades para desarrollar liderazgo, construir carreras políticas y competir en igualdad de condiciones.
La historia política del país muestra que el acceso al poder ha estado marcado por redes partidarias, trayectorias personales y contextos políticos cambiantes.
La pregunta que queda abierta no es si debería haber un número determinado de candidatas, sino si el sistema político peruano permite que cualquier ciudadano —hombre o mujer— que aspire a gobernar pueda hacerlo en condiciones realmente equitativas.











































